Sermones

Hebreos 3

Hebreos 3: Considera a Cristo, fuente de fortaleza

Bosquejo

5 secciones
  1. I.IntroducciónMinuto 00:00
  2. II.Considerar a CristoMinuto 00:36
  3. III.La Fuerza en el ConocimientoMinuto 05:58
  4. IV.La Importancia de ConsiderarMinuto 27:29
  5. V.Conclusión y ExhortaciónMinuto 41:42

Transcripción

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Introducción

A seguir con Hebreos capítulo 3. Vimos Hebreos 1, Hebreos 2, y vamos a tocar capítulo 3. Hebreos 3:1-19. Vamos a leer todo, aunque vamos a hablar de los primeros versículos, pero me gusta todo el contexto que utiliza el escritor. Para poder conectar lo que dice al principio.

Hebreos 3:1-19, ¿lo tenéis?

Considerar a Cristo

Dice: Por lo tanto, yo lo leo en otra versión, pero es muy parecida. Por lo tanto, hermanos santos que tienen parte del llamamiento celestial, consideren a Cristo Jesús, El apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos. Él es fiel al que lo constituyó, como lo fue también Moisés en toda la casa de Dios. Pero a Jesús se le ha concedido más honor que a Moisés, así como al que hace una casa se le rinde más honor que la casa misma. Porque toda la casa es hecha por alguien, pero el que hizo todas las cosas es Dios.

Como siervo, Moisés fue fiel en toda la casa de Dios para dar testimonio de lo que se iba a decir. Cristo, en cambio, como hijo, es fiel sobre su casa, que somos nosotros. Si mantenemos la confianza firme hasta el fin y nos gloriamos en la esperanza. Por eso, como dice el Espíritu Santo: Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan su corazón como lo hicieron en el desierto, en el día de la tentación, cuando me provocaron. Allí los antepasados de ustedes me tentaron, Me pusieron a prueba, aun cuando durante 40 años habían visto mis obras.

Por eso me disgusté con ellos y dije: Su corazón siempre divaga y no han reconocido mis caminos. Por eso, en mi furor juré: No entrarán en mi reposo. Hermanos, cuiden de que no haya entre ustedes ningún corazón pecaminoso e incrédulo que los lleve a apartarse del Dios vivo. Más bien, anímense unos a otros día tras día mientras se diga hoy, para que el engaño del pecado no endurezca a nadie. Nosotros hemos llegado a participar de Cristo, siempre y cuando retengamos firme hasta el fin la confianza que tuvimos al al principio.

Como ya se ha dicho, si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan su corazón como cuando me provocaron. ¿Y quiénes fueron los que provocaron aún después de haberlo oído? ¿No fueron acaso todos los que salieron de Egipto por mediación de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo él disgustado durante 40 años? ¿No fue acaso ¿Con los que pecaron, cuyos cadáveres quedaron tendidos en el desierto?

¿Y quién les juró que no entrarían en su reposo, sino aquellos que desobedecieron? Como podemos ver, no pudieron entrar a causa o por causa de su incredulidad. Bueno, en el primer capítulo vimos Cuán importante es para el Señor darse a conocer y cuán importante es para el Señor que nosotros les conozcamos. Es la base de nuestra vida, es lo que nos sustenta y lo que nos hace ser quienes somos. Y vimos que es tan importante para el Señor esto, que ha enviado a su Hijo Jesucristo.

Él lo hizo por medio de los profetas, lo hizo de muchas maneras, Pero no le bastó eso. Él quiso que tengamos una imagen, un testigo más fiable, más fiel, más certero, y el único que podía hacer era su Hijo Jesucristo. No lo podía hacer ningún hombre. Nosotros somos simples oyentes lejanos, pero Jesús es el verdadero testigo. En este capítulo dice: el apóstol, el enviado.

Pero en realidad también la palabra significa testigo. Y en el segundo capítulo vimos que para conocer al Señor tiene que haber disposición y disponibilidad, tiene que haber una diligencia, una preocupación, tiene que haber una voluntad, y uno tiene que estar en aquel lugar y en aquel momento donde Dios quiere que esté.

No es algo mágico, no es algo que uno pueda llegar a suceder o pueda llegar a pasar en un sofá, sino que el Señor quiere que para que le conozcamos también manifestemos nuestra disposición. Y está bien, pero en este tercer capítulo el Señor nos dice algo muy importante para que nosotros podamos realizar esta tarea. Porque dijimos, el Señor quiere que le conozcamos. Está bien, nos ha dejado su palabra, nos ha dejado la comunión, nos ha dejado todos los medios de gracia para que nosotros le podamos conocer. Nos ha dicho que seamos diligentes.

La Fuerza en el Conocimiento

Pero, ¿de dónde sacamos la fuerza para hacerlo?

¿Dónde está la sustancia? ¿Dónde está verdaderamente la vida que nos lleva a este conocimiento, porque tú sabes por ti mismo que por ti mismo nunca lo has podido hacer.

¿Cuántas veces te has propuesto y con la simple proposición de algo nunca has conseguido nada? Lo has hecho quizás por un tiempo, pero después has desvanecido, has caído. Y por eso el autor de los Hebreos nos dice: como objetivo, como principio, que consideremos a Jesús, que esta es la fuente de nuestra verdadera vida. Que, Héctor, cuando el Señor nos pide algo, eso no va a suceder si nosotros, aunque estemos dispuestos, no consideramos a Jesús, si Él no es la fuente verdadera que mueve nuestros corazones, que mueve nuestro espíritu y que nos lleva a poder conseguir aquello que Dios quiere darnos. Así que está la disposición del Señor, está la disposición que nosotros tenemos que tener, pero está la fuente de esa fortaleza y la única fuente es Jesucristo.

Por eso nos dicen: Considerad aquel. ¿Por qué? Porque nosotros tenemos la tendencia a mirarnos a nosotros mismos. Incluso cuando queremos agradar al Señor, en vez de salir de nosotros mismos, que es lo que hace la fe, buscar su objetivo en el Señor, nos miramos a nosotros.

O miramos las circunstancias, o miramos a los hermanos, O miramos lo que estamos viviendo, o miramos la capacidad, y de esa manera desfallecemos. ¿Por qué? Porque no salimos de nosotros mismos. Hay un deseo, hay un amor, hay un querer, pero que está dirigido hacia nuestro propio corazón, hacia lo que podemos hacer, hacia nosotros. Esta es la salida.

Considerad. Por eso también muchas veces hay inseguridad y temor en nosotros. ¿Os habéis preguntado de dónde viene ese temor? ¿De dónde viene esa inseguridad?

Viene de no considerar al Señor.

Calvino dice: En ninguna parte podemos tener una morada segura a menos que él nos la establezca. La seguridad, lo que nosotros llamamos esperanza. ¿Saben que la esperanza significa seguridad también? Hemos hablado en estos días de la esperanza. La esperanza es seguridad.

Y el Señor quiere que nosotros nos sintamos y estemos seguros. No quiere que seamos como una veleta que sube y baje. Estamos en ese proceso, ¿por qué? Porque estamos creciendo, porque estamos avanzando, porque somos inmaduros en muchas cosas aunque hemos madurado en otras. Pero el Señor quiere seguridad.

Seguridad es esperanza. Y esa seguridad, ¿dónde está? En el Señor.

Es de lo que se nos ha compartido esta mañana en la Santa Cena: seguridad. ¿Por qué estamos inseguros? ¿Por qué muchas veces uno: ¿Participo, no participo? ¿Alabo, no alabo? ¿Oro, no oro?

¿Lo hago, no lo hago? ¿Por qué somos así? Porque no hay seguridad. ¿Por qué? Porque nuestros ojos están puestos en nuestro corazón.

Y el Señor nos tiene que decir: Considerad a aquel.

Nunca el Señor nos dice algo para que nosotros simplemente nos consideremos a nosotros mismos, sino que es el elemento que Dios usa para que nosotros podamos considerar a Cristo. Fíjense, desde el capítulo 1 y hasta que termina Hebreos, siempre hay exhortaciones, admoniciones, siempre hay... No amenazas, te voy a dar, como hacen los padres, te voy a dar, te voy a dar, nunca llega. No.

Hay exhortaciones, se nos dice que despertemos, se nos dice que seamos diligentes, que que nos podemos deslizar. Se nos habla aquí y se nos da un ejemplo en el pueblo de Israel, que constantemente: Señor, quiero que tú me muestres verdaderamente. Nunca confiaron, siempre miraron a su propio corazón, siempre quisieron establecer sus propias maneras, sus propias leyes, su propia forma. Siempre quisieron establecer qué era lo que estaba sucediendo en ese momento. Todo era destrucción, todo era mal, todo era derrota, ¿por qué?

Porque no consideraban al Señor, se consideraban a ellos mismos. Entonces, siempre hay de parte del Señor una amenaza o una llamada de atención, o un tener cuidado, o mírate lo que te está pasando, cuidado con tu corazón. Pero nunca es para que tú puedas sustentar esto en ti mismo, sino para que puedas considerar a aquel.

Y no es una simple mirada de amor pletórica, que es lo que vamos a ver más adelante, sino que es una realidad para el cristiano. Es una promesa del Señor que tiene un fundamento y que tiene un fin. No es simplemente que el Señor nos dice que le tenemos que mirar. Uno dice: ¿Qué hago yo con mirar? ¿Qué es mirar?

¿Te has preguntado alguna vez qué es mirar al Señor? ¿Qué es poner los ojos en el Señor? ¿Qué es considerar al Señor? Porque parece un acto simplemente que no puede producir nada.

Y el Señor lo ha establecido así para que nosotros simplemente hagamos esto: mirar. Una persona que mira casi no está haciendo nada. ¿Lo habéis pensado? Cuando la serpiente le picaba en el desierto, ¿recordáis que vinieron serpientes al pueblo de Israel? Y cuando eran picadas, habían hecho una serpiente de bronce, creo que era, ¿no, Cata?

Para que al poner los ojos en esa serpiente, esa picazón se vaya, esa muerte se vaya de ellos. ¿Qué es lo que hicieron ellos, Yolanda, sobre ellos mismos? ¿Cómo se sanaron? ¿Cómo salieron de esa situación? Mirando.

Entonces, hay algo en el mirar, hay algo en el considerar al Señor que nosotros tenemos que entender y que es la base de nuestra vida, que produce en nosotros una vida y una fortaleza que nosotros mismos no podemos producir en nosotros.

Cuando el escritor nos dice que consideremos al Señor, nos está diciendo: Esto solamente lo puede hacer él, solamente él. No lo puedes hacer tú. Bueno, pero solo mirar. Sí, es lo único que tienes que hacer. Fíjense, porque hay— y quiero hablarle hoy de dos cosas que yo encuentro aquí que son importantes en cuanto a lo que Dios ha hecho en nosotros y en cuanto a lo que Dios hace en nosotros.

Nosotros podemos decir, y creo que estos días lo hemos hablado, nosotros podemos decir, Efraín, que el Señor ha hecho cosas en nosotros que siempre van a ser así, nunca van a cambiar. ¿Como qué? Nacer de nuevo. ¿Qué más? ¿Qué hemos hablado estos días?

La justificación.

Hay cosas que Dios ha hecho en nosotros y que son cosas para siempre y que nos definen. Por ejemplo, el escritor dice: Por lo tanto, hermanos santos, y que tienen parte del llamamiento celestial. Esto nos está hablando de pertenencia, de algo que no puede cambiar, de algo que nos define.

Hay cosas en nuestra vida como hijos de Dios que están establecidas desde el momento que nacemos de nuevo. Bueno, en sí, desde el momento que el Señor nos amó y nos eligió.

Y van a permanecer eternamente.

Y nada ni nadie en esta tierra las va a poder cambiar. ¿Por qué, santo? Porque somos apartados. Pero cuando Dios nos aparta, no nos pone simplemente aparte de aquellos y estamos ahí, ¿no? ¿Quién eres tú?

Pues yo soy alguien que está aparte, no soy como los demás.

No es simplemente que nos aparta. Cuando el Señor dice que somos santos, no es simplemente que nos aparta, sino que nos mete en él.

Como escuchábamos al pastor José Mario en estos días, en Cristo y Cristo en Dios. Y eso no va a cambiar jamás.

En otra versión dice: Así que, amados hermanos, ustedes que pertenecen a Dios y tienen parte con los que han sido llamados al cielo. Esto es sumamente importante. ¿Por qué? Porque nosotros nos olvidamos de estas cosas, nos olvidamos de que si uno es hijo de Dios, hay cosas que nunca van a cambiar y que son cosas que nos determinan. Y de que determinan quiénes somos y que determinan cómo nosotros tenemos que ver las cosas.

Yo puedo tener una cierta confianza con mi mujer y ella puede tener una cierta confianza conmigo, y los dos caminamos juntos y los dos convivimos juntos y vemos cosas el uno del otro que uno dice: ¡Madre mía!

Pero yo, al ver a mi mujer, y ella al verme a mí, no puede olvidar nunca que yo soy santo.

Lo que está considerando de mí, que seguramente es verdad, no se contradice con lo otro. Y ella no me puede decir a mí: ¿Cómo es que oras? Mentiroso, hipócrita, lo que acabas de decir, lo que acabas de hacer. Pero lo que acabo de decir y lo que acabo de hacer no me impide orar.

Porque el Señor me va a recibir por lo que Cristo hizo en la cruz, no por lo que yo he hecho. ¿Me habéis escuchado? Este es el significado que tiene. Y nosotros muchas veces dejamos de hacer cosas, o queremos que los demás, o miramos a los demás diferente, nosotros nos miramos a nosotros diferente, porque no entendemos que hay cosas que van a ser así siempre y que nos definen y que nos dan una identidad. ¿Por qué?

Porque estamos en Cristo Jesús y al estar en Cristo Jesús nada puede cambiar eso. Nada.

Nada. Y yo te podré mirar de una manera porque soy un pecador, pero eso no va a cambiar lo que tú eres en el Señor. Y yo me podré defraudar de eso y poder decir: ¡Buah!

Vaya paquete que llevo. Pero nada va a cambiar esa realidad para ella. Y aunque tu madre o tu padre te dejare, con todo, el Señor te recogerá. ¿Por qué? Porque eso no va a cambiar.

¿Me explico? Y podemos decir, como dice Romanos 8:1: Ahora pues, ninguna condenación hay... ¿Por qué? Para los que están en Cristo Jesús.

¿Por qué no hay condenación? Porque tú estás en Cristo Jesús, no porque lo que has hecho no está mal. Está mal, te tienes que arrepentir, lo tienes que condenar como malo, pero no estás desechado. Y quizás tu madre y tu padre te dejen con razón y te digan: mira, hijo, arregla tu vida. Y tú: no, me tienes que perdonar.

No, no, no. Quizás ese momento lo tendrás que vivir solo, pero tú sabrás que ninguna condenación hay. Y tirarás para adelante. Y quizás después te reencontrarás con tu padre y con tu madre, o no.

Pero lo que a ti te sustenta es lo que tú eres en el Señor, no una persona, no una situación. ¿Me explico? Entonces hay cosas que nunca van a cambiar. Nosotros tenemos que aprender a ver las cosas así.

Nada va a cambiar esto. Y 7 veces cae el justo y se levanta. ¿Por qué? Porque el Señor lo tiene en su mano y él es poderoso para levantarlo, aunque pierda todo lo demás.

1ª Corintios 1:2-3 dice: A la iglesia de Dios que está en Corinto. ¿Saben lo que es la iglesia de Corinto, no?

Y encima es la primera carta, no es la segunda, cuando había habido un proceso. A la iglesia de Dios que está en Corinto, y vosotros sabéis cómo vivían y las cosas que están sucediendo, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesús, Señor de ellos y nuestro. Gracia y paz.

Y estaban viviendo con total desorden en muchas cosas.

Y era verdad, se tenían que arrepentir, el Señor iba a traer disciplina.

Pero seguían siendo santificados y por eso Pablo le podía pedir lo que les estaba pidiendo, porque si no, no se lo podía haber pedido.

¿Entendéis? A nosotros nos puede doler la disciplina que el Señor trae sobre nuestra vida, pero nosotros tenemos que ver que él nos está diciendo que somos hijos, que somos sus hijos, y que eso es lo más importante en lo que estamos viviendo.

No la disciplina en sí, sino lo que manifiesta esa disciplina: paternidad. Amor, propósito, gracia y paz. Algo que nunca vamos a perder. Siempre que vayas al Señor va a haber gracia, y siempre que vayas al Señor vas a encontrar paz, porque estamos reconciliados con él.

Así que de aquí en adelante, nosotros ya no conocemos a nadie desde el punto de vista humano, y aun si a Cristo lo conocimos desde el punto de vista humano, ya no lo conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, ya es una nueva creación. Atrás han quedado las cosas viejas, ahora ya todo es nuevo. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo a través de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación.

Este es nuestro ministerio. No decirle a una persona que no está salva: tú eres salvo porque has hecho una oración. No te estoy diciendo esto.

Te estoy diciendo que la reconciliación es para aquel que se quiere reconciliar, que está diciendo: ¿y cómo Dios me va a aceptar? ¿Y cómo puedo llegar a Dios? ¿Y cómo va a mirar una porquería como yo? Este es el ministerio que el Señor nos ha dado: asegurar ese corazón en el Señor, en aquellas cosas que son seguras. Porque vamos a ver que hay otras que tenemos que ir disfrutando y ganando con el tiempo, pero hay cosas que son seguras en nosotros.

Juan MacNee tiene un ejemplo muy lindo que a mí me gusta, y es: si tú pones 100 euros en un libro, ¿no? Tú coges un libro y le metes 100 euros y lo quemas, ¿qué pasa con esos 100 euros? Se queman.

Pero si tú coges ese libro y y lo envías a Inglaterra, lo envías a Islandia, lo envías a donde sea, lo más lejos que tú puedas, o lo envías a la Luna, a Júpiter, a Saturno. Tú envías este libro, ¿no? Pero, ¿quién va adentro? Los 100 euros también, ¿no?

Y esos 100 euros van a llegar lo más lejos posible que ese libro pueda llegar. Esta es nuestra relación con el Señor.

Se trata de que estamos en él y esta es nuestra seguridad.

Y hay cosas en nosotros que ya son, que ya están. Porque el Señor subió a su Padre como un libro, como ese libro está delante de su Padre, nosotros estamos también sentados juntamente con él.

Ah, pero yo no me veo. Pero esto es así y es una realidad que nunca va a cambiar, jamás.

Y estamos escondidos en él.

Y él nos ha santificado, y él nos ha reconciliado, y él nos ha unido al Padre. Y son de estas verdades de las cuales tenemos que disfrutar y entender que estas cosas no cambian.

Pero hay otras verdades que Dios nos ha concedido para el trayecto de nuestra vida.

Y nosotros no podemos darlas por hechas porque son, sino que se van disfrutando en el caminar de la vida que Dios nos ha dado sobre esta tierra, Por eso dice: Consideren a Cristo Jesús, el apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos. ¿Qué es profesar?

Declarar.

Hay cosas que nosotros declaramos, hay cosas que nosotros sabemos, hay cosas que nosotros creemos. Pero esas cosas no se terminan así, ahí, con saberlas, profesarlas o creerlas. Son cosas que Dios quiere que disfrutemos, y esas cosas solamente están en Cristo.

Solamente las podemos disfrutar en él.

Tú quizás estás en una situación de debilidad, Y lo que estás pensando es: ¿Cómo voy a salir de esta?

La Importancia de Considerar

Y nuestro hermano nos dice: Consideren a Cristo Jesús.

Es allí donde está escondido lo que tú necesitas para el momento que estás viviendo, porque considerar y profesar No es lo mismo.

No te estoy diciendo que eres un hipócrita, te estoy diciendo que es un trayecto, es un caminar. No es que uno dice cosas en las cuales no cree, no, pero nosotros muchas veces decimos cosas que todavía no hemos disfrutado en su plenitud. ¿Pero son mentiras?

¿Tú las crees? ¿Sí las crees? Las creemos, ¿no? Las profesamos, las declaramos, las confesamos, se las pedimos, pero tienen que venir del Señor.

Consideren a Cristo el apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos. Considerar es Fijar la mente de manera atenta, contemplar detenidamente o escudriñar con la máxima atención intelectual y espiritual. Podríamos decir también buscar.

También podríamos decir buscar.

Nosotros, cuando nos encontramos en esa circunstancia, Muchas veces buscamos, ¿en dónde? En nosotros mismos. Tenemos la tendencia a mirarnos, a considerar las cosas según nosotros las pensamos, según nosotros las queremos, según nosotros las evaluamos. Pero, ¿dónde está la salida?

En considerar a Aquel, en levantar nuestros ojos, Y por eso muchas veces tememos y nos sentimos inseguros, como decíamos antes. ¿Por qué? Porque los ojos están puestos en nosotros. Lo que yo veo, lo que yo pienso, cómo tiene que ser Dios, cómo tiene que ser la circunstancia para que yo me sienta segura. Y el Señor lo que nos está diciendo es: Ven, mírame.

No solamente imítame, porque No se trata de nuestra fuerza. Mírame, porque es algo que tengo que hacer yo. ¿Cómo sucede? ¿Cómo tiene que ser? No lo sé, es un misterio.

Pero el Señor me dice que si yo le miro, él me va a transformar. Él va a transformar mi pensamiento, él va a transformar mi condición, él me va a guiar hacia adelante. ¿Y qué es lo que me pide? Que le mire. Y claro, para mí mirar es algo muy insignificante.

Tengo que hacer algo. Y el Señor me dice: mírame, considera, para.

Considerar a Jesús no es tener un pensamiento ocasional o una noción ligera sobre él en la cabeza. Significa aplicar todo el entendimiento, el afecto y la voluntad para examinar meditar y deleitarse en la excelencia de su persona, sus oficios y su gracia. Esto es un proceso que tiene que cumplirse en nosotros.

Considerar al Señor, que muchas veces es lo último que hacemos.

Considerar al Señor, no solamente como cantamos, aquí en un campamento de niños, ¿qué haría Jesús en mi lugar? Porque al final estamos diciendo: yo puedo hacer lo que haría Jesús. Y no nos está diciendo esto, nos está diciendo que es Jesús el que tiene que hacer.

Que considerar al Señor es que venga y te sientes con él y estés con él.

Y le veas y le contemples y veas lo que él ha hecho por ti, y veas su poder, y veas la capacidad que él tiene para darte todo aquello de lo cual tú tanto estás dudando. Eso es considerar al Señor, considerar su bondad.

Considerar su misericordia.

Y esto es lo que necesitamos hacer, mi hermano, porque esto no viene por el simple hecho de pertenecer al Señor, sino que viene cuando caminamos con el Señor. ¿Caminó Enoc con el Señor? ¿Y el Señor qué hizo? Se lo llevó a su presencia. ¿Qué hizo Enoc?

¿Fue con el Señor a todas las partes que iba?

Quizás se arrodilló al costado de una piedra porque no entendía. Quizás le dio gracias porque vivió una situación y no se la atribuyó a las personas, se la atribuyó al Señor.

O estaba viviendo un momento de dolor y no se le atribuyó a las personas, Se le atribuyó la sabiduría al Señor. ¿Qué hizo el Señor con Jonás cuando le puso la calabacera?

Es un terco, eres un cabezón. No, no le estaba diciendo terco, cabezón. Le estaba diciendo: Considérame. Si yo he hecho esto por Nínive, ¿qué puedo hacer por ti, Jonás? ¿No lo entiende?

No se trata de Nínive, se trata de ti, Jonás.

Considérame a mí, considera lo que soy. No consideres lo que está pasando, lo que puedes hacer, lo que yo puedo hacer. Salmo 34:5 dice: Los que miraron a él fueron alumbrados y sus rostros no fueron avergonzados. ¿Cómo es esto? Pues, mi hermano, Sencillo.

Esta semana o hace 2 semanas, una chica de, no sé, 18, 19 años estaba en una situación angustiosa.

No sabía lo que iba a suceder.

Tenía que pagar un dinero, no tenía el dinero para hacerlo. No importa después si sucedió o no sucedió. Esto no es lo importante, lo que pasa después.

Y una niña inmadura que a veces ni siquiera sabe orar delante del Señor, cuando nos dijo esto le dijimos: Mira, ¿sabes lo que tienes que hacer?

Dobla tus rodillas y ponte delante del Señor y dile lo que te pasa.

Dile cómo te sientes, dile lo que necesitas, dile que estás dudando.

Y a los 3, 4 días, no solamente nos dijo que el Señor le había dado lo que necesitaba, sino nos dijo lo significativo que fue esa experiencia para ella.

Porque Dios me escuchó.

Consideró al Señor. ¿Cómo le consideró? Dobló sus rodillas. Yo a veces cuando preparo la palabra le digo: Señor, lo hago porque tú me mandaste, entonces ahora dame la capacidad para hacerlo, porque yo no puedo hacerlo y tú lo sabes.

Ayúdame, Señor.

Considera que el Salmo 62:5-8 dice: Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza, él solamente es mi roca y mi salvación. No va a venir de otra manera.

Y es verdad, tú podrás decir: soy justificado, soy salvo, soy hijo de Dios. Pero la única manera que lo vas a disfrutar es estando con él, considerándole, buscándole de todo tu corazón, doblando tus rodillas y experimentando lo que es la verdadera persona del Señor. ¿Cómo es? No lo sé, pero sé que es así.

Y sé que es un caminar, porque uno a veces, como decía Raúl hablando de la ofrenda, es: hablo con el Señor, parece que no me responde, después escucho algo por ahí, después voy avanzando, después voy entrando, y después empiezo a disfrutar.

Pero le tengo que considerar, quizás no viene a la primera hora. Pero en algún momento llegará.

Y por eso San Agustín decía: Dame aquello que tú pides de mí. Porque él sabía que no podía salir de su propio corazón. Y era una persona que amaba al Señor. No solamente le amaba en su manera de ser, le amaba de una manera de corazón, hasta te podría decir románticamente.

Escribía para el Señor. Le confesaba lo que Dios era, pero él sabía que separado de él nada podía hacer, que había cosas que era Dios el que las tenía que hacer en su propio corazón. Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. Él solamente es mi roca y mi salvación, es mi refugio. No resbalaré.

En Dios está mi salvación y mi gloria, en Dios está mi roca fuerte y mi refugio. Esperad en él todo el tiempo, oh pueblos, derramad delante de él vuestro corazón. Dios es nuestro refugio.

Dios es nuestro refugio.

Y la vida no está hecha simplemente para que tú la declares, la quieras y la desees simplemente, sino para que tú la recibas.

Hay cosas que has recibido del Señor y que nadie te va a quitar, pero hay otras que Dios quiere que las recibas y que las recibas en esta vida, mi hermano, y que las recibas de su mano y y que las recibas de su persona, porque solamente la vas a hallar en el Señor. Deléitate asimismo en Jehová y él te concederá las peticiones de tu corazón. Confía en él y él hará. ¿Quién hará? Él.

Piensa en él. Cuando estés en tu trabajo, en vez de quejarte, piensa en el Señor. ¿Dónde estás, Señor? ¿Cómo te puedo encontrar?

Métete en un baño, métete en una cueva, métete donde puedas, dobla tus rodillas, hazlo parte de tu vivir, piensa en él en todo lo que te está sucediendo. Involúcralo en todas tus decisiones.

Ámalo, como decía Raúl, en todas las cosas que haces, en todo lo que eres.

Considera al Señor. Cuando Pablo le decía a Timoteo: acuérdate de Jesucristo, no era solamente para decir Padre nuestro que estás en los cielos, santificado. Acuérdate.

Acuérdate que él está contigo y que tú puedes disfrutar de él. Mi hermano, deja de pensar tanto y empieza a doblar tus rodillas.

Deja de maquinar tanto y empieza a poner tu corazón delante del Señor. Empieza a comprobar en qué Dios has creído.

¿Y quién es él para tu vida ahora? No solamente futuramente. No es solamente que está sentado a la diestra del Padre y que tú estás sentado con él, sino que puedes estar sentado ahora con él y recibir de él toda la fortaleza que necesitas, todo lo que tu mente necesita, todo lo que tu corazón está deseando. Está en el Señor y él nos lo ha concedido en Cristo, pero búscale, mi hermano, y deléitate y seguramente todo lo demás vendrá. ¿Por qué todo lo demás vendrá?

Porque el Señor es así, pero también todo lo demás vendrá porque todo lo demás no es importante para el Señor, ¿lo entiendes? No es importante para él, no te lo quita porque... ay, a ver, y no te lo da por... No te lo quita y te lo da porque es importante, te lo quita y te lo da porque lo necesitas. Pero lo importante es que puedas disfrutar del Señor y que puedas disfrutar de tu comunión con Él.

Conclusión y Exhortación

Así que te animo a que consideres a Cristo Jesús y que puedas encontrar la fortaleza para también ser paciente y esperar para que sea esa la seguridad que te pueda llevar hacia adelante. Que el Señor te bendiga.